Un Beagle y Yo

When you have eliminated the impossible, whatever remains, however improbable, must be the truth.

Precioso prólogo de Henry Miller a Walden, de Thoreau

Tan sólo hay cinco o seis hombres, en la historia de América, que para mí tienen un significado. Uno de ellos es Thoreau. Pienso en él como en un verdadero representante de América, un carácter que, por desgracia, hemos dejado de forjar. De ninguna manera es un demócrata, tal como hoy lo entendemos. Es lo que Lawrence llamaría «un aristócrata del espíritu», o sea lo más raro de encontrar sobre la faz de la tierra: un individuo. Está más cerca de un anarquista que de un demócrata, un socialista o un comunista. De todos modos, no le interesaba la política; era un tipo de persona que, de haber proliferado, hubiera provocado la no existencia de los gobiernos. Ésta es, a mi parecer, la mejor clase de hombre que una comunidad puede producir. Y es por eso que siento hacia Thoreau un respeto y una admiración desmesurados. El secreto de su influencia, todavía latente, es muy simple. Él fue hombre en cuerpo y alma, con un pensamiento y una conducta de perfecto acuerdo. Asumió la responsabilidad de sus acciones y de sus afirmaciones. La palabra compromiso no existía en su vocabulario. América, a pesar de todos sus privilegios, apenas ha producido un puñado de hombres de este calibre. La razón es obvia: los hombres como Thoreau nunca estuvieron de acuerdo con el sistema de su tiempo. Ellos simbolizan la América lejos de haber nacido hoy, como no había nacido en 1776 o inclusive antes. Ellos escogieron el camino arduo, no el fácil. Creyeron ante todo y sobre todo en sí mismos, no se preocuparon de lo que podían pensar de ellos sus vecinos, y no titubearon en desafiar al gobierno cuando estaba en juego la justicia. No hubo inclinación en sus concesiones: se les podía adular o seducir, jamás intimidar.

Los ensayos que recoge este volumen fueron en su origen discursos [1] , hecho bastante importante, si se piensa lo difícil que sería hoy dar una expresión pública a parecidos sentimientos. La noción misma de «desobediencia civil» es hoy en día impensable. (Menos, quizás, en India, donde en su campaña de resistencia pasiva Gandhi usaba este discurso como texto).

En nuestro país un hombre que se atreviera a imitar la conducta de Thoreau, con referencia a cualquier problema crucial de nuestro tiempo, sería, sin duda, condenado a cadena perpetua. Es más: nadie movería un dedo para defenderlo, como en su día, Thoreau defendió el nombre y la reputación de John Brown. Como siempre ocurre con las afirmaciones francas y originales, estos ensayos se han convertido en clásicos. Y esto significa que, a pesar de tener la potencia de forjar un carácter, ya no influyen en los nombres que gobiernan nuestro destino. Se recomienda su lectura a los estudiantes, son fuente perpetua para el pensador y el rebelde, pero para gran parte de los lectores ya no tienen importancia, no contienen un mensaje. La imagen de Thoreau ha sido fijada para el público por educadores y «hombres de gusto»: es la imagen del eremita, del excéntrico, de la broma de la Naturaleza. En fin, se ha conservado la caricatura, como acostumbra a pasar con nuestros hombres eminentes. A mi parecer, lo más importante de Thoreau, es que haya aparecido en una época en la cual, por decirlo de algún modo, teníamos que escoger el camino que nosotros, el pueblo americano, al fin hemos tomado. Como Emerson y Whitman, él indicó el justo camino, el camino arduo, como ya he dicho. Como pueblo, nosotros hicimos una elección diferente. Y ahora estamos recogiendo los frutos de nuestra elección. Thoreau, Whitman, Emerson, estos hombres han sido, hoy en día,reivindicados. En la oscuridad de los hechos cotidianos, sus nombres se elevan altos como faros. Pagamos un bravo tributo verbal a su memoria, pero seguimos ignorando su sabiduría. Nos hemos convertido en víctimas del tiempo, miramos el pasado con aflicción y queja. Es demasiado tarde para cambiar, pensamos. Pues no. Como individuos, como hombres, nunca es demasiado tarde para cambiar. Y es esto exactamente lo que estos obstinados precursores afirmaron toda su vida. Con la creación de la bomba atómica, todo el mundo comprende, de pronto, que el hombre tiene delante de sí un duerna de una gravedad inconmensurable. En un ensayo titulado «Vida sin principio» Thoreau anticipó esta posibilidad que atemorizó al mundo, cuando se tuvo noticia de la bomba atómica.«Por consiguiente», dice Thoreau, «si donde explotara nuestro planeta, no hubiese ninguna persona involucrada en la explosión… yo no iría hasta la esquina a ver como explota el mundo».

Estoy seguro que Thoreau no habría faltado a su palabra, si inesperadamente hubiese explotado por iniciativa propia. Pero también estoy seguro que si se hubiera conocido la bomba atómica, hubiera dicho algo memorable sobre su uso. Y lo habría dicho como desafío a la opinión pública. Ni siquiera se hubiera alegrado al saber que la fábrica de la bomba estaba en manos de los justos. Seguro que preguntaría:

«¿Quién es tan justo, como para usar con fines destructivos un instrumento tan diabólico?». Ya no tendría más fe en la sabiduría y en la santidad del actual gobierno de los Estados Unidos, que la que tuviera en el gobierno de los días de la esclavitud. Él murió, no lo olvidemos, en plena guerra civil, cuando el problema que se hubiese debido resolver rápidamente gracias a la conciencia de todo buen ciudadano, se estaba resolviendo con sangre. No, Thoreau habría sido el primero en decir que ningún gobierno terrestre es suficientemente bueno y sabio como para recibir, sea para bien o para mal, un poder similar. Habría pronosticado que nosotros usaríamos esta nueva fuerza de la misma manera que hemos usado otras fuerzas naturales, que la paz y la seguridad del mundo no están en las intenciones, sino en el corazón de los hombres, en el alma de los hombres. Toda su vida testimonia un hecho obvio continuamente ignorado por los hombres: que para sustentar la vida necesitamos primero el menos que el más, que para proteger la vida necesitamos coraje e integridad, no armas, ni coaliciones. Todo lo que él dijo e hizo está muy lejano del hombre de hoy. Ya dije que su influencia es todavía viva y activa. Es cierto, pero sólo porque la verdad y la sabiduría son inalterables y tienen que prevalecer. Consciente o inconscientemente, estamos haciendo exactamente lo opuesto de todo lo que él sostenía. Así y todo no somos felices, ni de ninguna manera tenemos la seguridad de estar en lo justo. Sino que estamos más trastornados, más desesperados que nunca en el curso de nuestra breve historia. Y esto es sumamente extraño y fastidioso, pues hoy en día todos nos reconocen como la nación más potente, más rica y más segura del mundo. Estamos en el cénit, ¿pero poseemos la visión necesaria como para tener este observatorio? Tenemos la vaga sospecha de que nos han cargado con una responsabilidad demasiado pesada para nosotros. Sabemos que no somos superiores, en ningún sentido real, a otros pueblos de la tierra. Sólo ahora nos damos cuenta de estar moralmente mucho más atrasados, si así puede decirse, que nosotros mismos. Algunos imaginan beatíficamente que la amenaza de extinción —el suicidio cósmico— nos despertará del letargo.

Me temo que sueños así están destinados a desintegrarse, aun más que el mismo átomo. No se alcanzan grandes metas a través del miedo a la extinción. Los hechos que mueven al mundo, sustentan y dan la vida, tienen una motivación muy diferente.

El problema de la potencia, obsesivo para los americanos, está hoy en su punto crucial. En lugar de trabajar por la paz, tendríamos que empujar a los hombres a relajarse, a dejar de trabajar; a tomárselo con calma, a soñar y a ociar, a perder el tiempo. Retiraos en los bosques, si encontráis uno. Pensad en vuestros pensamientos durante un tiempo. Haced un examen de conciencia, pero sólo después de haber gozado plenamente. ¿Qué puede valer vuestra fatiga, al fin y al cabo, si mañana junto a vuestros seres queridos podéis ser reducidos a migas por algún loco exaltado? ¿Creéis que nos podemos fiar más del gobierno que de los individuos que lo componen? ¿Quiénes son estos individuos a los cuales se les confía el destino de todo el planeta? ¿Creéis plenamente en cada uno de ellos? ¿Qué haríais si tuvierais el control de esta potencia inaudita? ¿La usaríais en beneficio de toda la humanidad, o tan sólo de vuestro pueblo, de vuestro grupo de elegidos? ¿Pensáis que los hombres pueden guardar para sí mismos un secreto tan grave? ¿Creéis que se debe guardar secreto?

He aquí las preguntas que, me parece, nos haría a bocajarro un Thoreau. Son preguntas que, si se tiene una pizca de sentido común, se contestan solas. Pero parece que los gobiernos no poseen esta pizca de sentido común. Y no se fían de quienes la poseen.

El gobierno americano, aun siendo reciente, ¿es algo más que una tradición intentando transmitirse intacta a la posteridad, aun perdiendo a cada instante una parte de su integridad? No tiene la vitalidad y la fuerza de un solo hombre vivo; porque éste puede doblegarlo a su voluntad. Es una especie de cañón de madera para el mismo pueblo. Pero no por eso menos útil, pues la gente necesita siempre alguna compleja maquinaria, y oír su estruendo, para satisfacer su idea del gobernar. Los gobiernos demuestran de este modo cómo se puede someter con éxito a los hombres, e incluso imponerse a ellos con ventaja. Excelente, tenemos que reconocerlo. Sin embargo, este gobierno jamás ha iniciado ninguna empresa por su cuenta, si no por la rapidez con la que se apartó de su camino. No da libertad al país. No ordena a Occidente. No educa. Es el carácter arraigado en el pueblo americano el que ha hecho posible todo lo logrado; e incluso habría hecho algo más, si el gobierno a veces no se hubiera opuesto…

Así hablaba Thoreau hace cien años. Hablaría de un modo todavía menos halagador si aún viviera. En estos últimos cien años el estado se ha convertido en una especie de Frankestein. Nunca, como hoy, nos hizo menos falta el estado, así como nunca nos ha tiranizado tanto.

En todas partes el ciudadano ordinario tiene un código moral muy superior al del gobierno al que debe fidelidad. La falsa idea de que el estado existe para protegernos se ha desintegrado mil veces. Sin embargo, mientras el hombre carezca de seguridad y confianza en sí mismo, el estado prosperará; él puede existir gracias al miedo y a la incertidumbre de cada uno de sus miembros.

Viviendo su vida de un modo «excéntrico», Thoreau demostró la futilidad y la absurdidad de la vida de las (llamadas) masas. Fue una vida profunda y rica, que le dio todas las satisfacciones. «Las ocasiones de vivir, afirmaba, disminuyen en la medida en que crecen los llamados medios». Era feliz con el contacto de la Naturaleza, a la cual pertenece elhombre. Comulgaba con el pájaro y con la bestia, con la planta y con la flor, con la estrella y con la corriente. No era un ser asocial, todo lo contrario. Tenía amigos tanto entre las mujeres como entre los hombres. No hay americano que haya escrito sobre la amistad con una elocuencia mayor a la suya. Su vida parece angosta pero fue mil veces más ancha y profunda que la vida del ciudadano americano medio de hoy. No se perdió nada evitando mezclarse entre la muchedumbre, devorar los periódicos, consumir radio y cinematógrafo, tener el automóvil, el frigorífico, el aspirador. No sólo no se perdió nada por la falta de estas cosas, sino que, encima, se enriqueció mucho más que lo pueda hacer el hombre moderno, atolondrado por estos dudosos lujos y comodidades. Thoreau vivió, mientras nosotros se puede decir que sólo existimos. Por la potencia y la profundidad de su pensamiento no sólo mantiene una validez por comparación a nuestros contemporáneos, sino que, a menudo, les supera. En lo que a coraje y virtud se refiere, no se puede comparar a ninguno de los espíritus hoy dominantes. Como escritor, está entre los tres o cuatro de los cuales podemos sentirnos orgullosos. Visto desde la cumbre de nuestra decadencia, casi nos parece un antiguo romano. La palabra virtud recobra su significado cuando se liga a su nombre.

Son los jóvenes de América los que pueden sacar provecho de su doméstica sabiduría, ymás aún de su ejemplo. Debemos asegurar a los jóvenes, que todo lo posible entonces es posible hoy. América es todavía un país muy despoblado, una tierra con abundantes bosques, ríos, lagos, desiertos, montañas, praderas, donde un hombre de buena voluntad, con un mínimo de fatiga y confianza en sus fuerzas, puede gozar de una vida profunda, tranquila, rica, siempre que siga su camino. No es necesario pensar, no hace falta llevar una vida bondadosa, sino crearse una vida bondadosa. Los hombres sabios vuelven siempre a la tierra; nos basta con pensar en los grandes hombres de la India, China y Francia, en sus poetas, en sus sabios, en sus artistas, para comprender cuán profunda es esta necesidad en el ser humano. Pienso, naturalmente, en los individuos creativos, pues los demás gravitarán en su propio nivel, sin imaginación, sin sospechar siquiera que la vida promete algo mejor. Pienso en los poetas americanos, todavía capullos en flor, en los sabios y artistas del mañana, porque se me aparecen del todo indefensos frente al mundo americano contemporáneo. Todos los que se preguntan, ingenuamente, cómo vivirán sin venderse a ningún dueño; más aún, se preguntan, una vez hecho esto, cómo encontrar el tiempo para llevar a cabo sus vocaciones. Ya no piensan en ir a cualquier desierto o lugar salvaje, en ganarse la vida cultivando la tierra o trabajando a salto de mata, en vivir con lo mínimo indispensable. Se quedan en las ciudades, en las metrópolis, revoloteando de una casa a otra, inquietos, miserables, frustrados, buscando en vano el encontrar una salida. Deberíamos decirles en seguida que la sociedad, tal como está constituida, no presenta salidas, que la solución está en sus manos y usándolas podrán obtenerla. Tenemos que abrimos camino con el hacha. La verdadera jungla no está fuera, quién sabe dónde, sino en la ciudad, en la metrópoli, en aquella compleja telaraña en que hemos transformado la vida, y que sólo sirve para limitar, estorbar o inhibir a los espíritus libres. Basta que un hombre crea en sí mismo y encontrará el camino de la existencia, a pesar de las barreras y de las tradiciones que lo aprisionan. La América de los tiempos de Thoreau era tan despreciadora y hostil hacia su experimento vital, como lo somos nosotros a cualquiera que pretenda volverlo a intentar. Debido al subdesarrollo de nuestro país en aquellos tiempos, los hombres se sintieron atraídos por todas las regiones, por todos los senderos de la vida, hacia el oro de California. Thoreau se quedó en casa a cultivar su mina. Le bastaban pocas millas para encontrarse en el corazón profundo de la Naturaleza. Para gran parte de nosotros, no importa donde vivamos, en este inmenso país todavía es posible recorrer pocas millas y encontrarnos con la Naturaleza. Yo que he recorrido a lo largo y a lo ancho esta tierra, he sacado esta impresión: América es un país vacío. Claro está, casi todo este espacio vacío pertenece a alguien: bancos, ferrocarriles, compañías de seguros, etcétera. Es casi imposible salir del camino trazado sin invadir una propiedad privada. Pero este absurdo acabaría si la gente comenzara a levantarse sobre las patas traseras y desertara de la ciudad y la metrópoli. John Brown y un reducido grupo de hombres derrotaron virtualmente a toda la población de América. Los abolicionistas liberaron a los esclavos, no las armadas de Grant y Sherman, no Lincoln. Una condición ideal de vida no existe, jamás, en ningún lugar. Todo es difícil y se vuelve más difícil, incluso cuando decidimos vivir a nuestro aire. Vivir nuestra propia vida sigue siendo el mejor modo de vivir, siempre lo ha sido y siempre lo será. La trampa, el mayor desengaño está en renunciar a vivir a nuestro aire hasta el día en que se cree una forma ideal de gobierno que nos permita llevar una vida mejor. Llevad una vida ejemplar, en seguida, en cada instante, al máximo de vuestras capacidades, e indirectamente, inconscientemente, lograréis la forma de gobierno más cercana a lo ideal.

Ya que Thoreau insistió tanto sobre la conciencia y la resistencia activa, podríamos pensar que su vida fue vacía y triste. No olvidemos que era un hombre que evitaba el trabajo lo más posible, sabía dedicar su tiempo al ocio. Moralista severo, no tenía nada en común con el moralista profesional. Era demasiado religioso para tener algo que ver con la iglesia y demasiado hombre de acción para tomar parte activa en la política. Era de una riqueza espiritual tan grande que no pensó en amontonar bienes, tan valiente, tan seguro de sí mismo, que no se preocupó de la seguridad, de la protección. Abriendo los ojos descubrió que la vida proporciona todo lo necesario para la paz y la felicidad del hombre; solamente hace falta usar lo que tenemos al alcance de la mano. «La vida es generosa», parece repetir a cada momento, «¡Tranquilos! La vida está alrededor, no allá, no en la cima de la montaña».

Encontró Walden. Pero Walden está en cada lugar donde hay un hombre. Walden se ha convertido en un símbolo. Debería convertirse en una realidad. También Thoreau se ha convertido en un símbolo. Pero sólo fue un hombre, no lo olvidemos. Transformándolo en un símbolo, construyéndole monumentos, destruimos la finalidad de su vida. Sólo viviendo a tope, lograremos honrar su memoria. No intentemos imitarlo, superémoslo. Cada uno de nosotros debe llevar una vida completamente diferente. No debemos intentar ser como Thoreau, ni como Jesucristo, sino lo que en verdad somos, en nuestra sociedad.

Éste es el mensaje de todo gran individuo, éste es el significado intrínseco de ser individuo. Ser algo menos significa acercarse a nada.

 

HENRY MILLER.

Como se defienden las tiranías

Aristóteles, hace casi 2500 años …

Las tiranías se defienden por dos procedimientos muy distintos, de los que uno es el tradicional y al que ajustan la administración de su gobierno la mayoría de los tiranos. Casi todas sus medidas dicen que las instituyó Periandro el de Corinto; pero también del imperio persa pueden tomarse bastantes similares.

Las medidas a que nos referimos antes para la salvación son, en lo posible, propias de la tiranía: Truncar a los que sobresalgan y eliminar a los sensatos, no permitir ni banquetes comunitarios ni asociaciones, ni educación ni ninguna otra cosa similar, sino evitar todo aquello de donde suelen brotar estas dos cualidades: resolución y confianza; prohibir además la existencia de escuelas y de otros círculos culturales y facilitar cuanto esté orientado a que todos se desconozcan lo más posible unos a otros (pues el conocimiento engendra en mayor grado la mutua confianza); también que los habitantes de la ciudad estén siempre a la visa y charlen en sus puertas (pues así pueden ocultar con menos facilidad a qué se dedican y se acostumbrarán a pensar poco, estando siempre sumisos); además las restantes medidas similares, cuántas de los Persas y de los bárbaros son de carácter tiránico (pues todas son equivalentes): tratar de que no esté en la sombra cuanto pueda decir o hacer cualquiera de los súbditos, sino tener espías como en Siracusa las llamadas <<confidentes>> y aquellos que como <<escuchas>> enviaba Hieron a donde quiera que había una conversación y una reunión (pues así se expresan con menos libertad por miedo a tales espías, y si se expresan con libertad pasan menos desapercibidos) y de que hablen unos de otros y riñan los amigos con los amigos, el pueblo con los principales y los ricos entre sí.

También el volver pobres a los súbditos es una medida tiránica, orientada a que se alimente una guardia, y atareados en su quehacer diario no puedan conspirar. Ejemplo de esto son las pirámides de Egipto, los monumentos de los Cipsélidas, la construcción del Olímpico por los Pisistrátidas y, entre las obras de Samos, los Policateos (pues todos ellos tienen el mismo sentido: ocupación y pobreza de los súbditos). También el cobro de los impuestos, como en Siracusa (en tiempos de Dionisio, en cinco años se tuvo recogida toda una fortuna). Es además promotor de guerras el tirano con el fin de que sus súbditos estén ocupados y vivan en la necesidad de un dirigente. Y la realeza se asegura a través de los amigos, pero es peculiar de la tiranía desconfiar en especial de los amigos, como que todos desean derrocarla pero sobre todo puede hacerlo éstos. […]

La falta de gusto por nadie que sea digno e independiente es otra peculiaridad de la tiranía (pues piensa el tirano que sólo él es así, mientras que si alguien actúa con dignidad e independencia pone en peligro la supremacía y el despotismo de la tiranía; en consecuencia, los odian como una amenaza para su poder). También la celebración de banquetes comunitarios más con extranjeros que con ciudadanos es peculiar del tirano, que considera a éstos enemigos y a aquéllos no competidores. Estas medidas y las similares son propias de la tiranía y defensoras de su poder, pero no les falta lo más mínimo de maldad. En resumidas cuentas, todas ellas se encuentran encuadradas en tres tipos, ya que la tiranía se basa en tres supuestos: Uno, que los súbditos piensen poco (pues contra nadie puede conspirar el pusilánime); en segundo lugar, que desconfíen unos de otros (pues no desaparece la tiranía sin que antes se tengan confianza algunos; por eso también luchan contra los discretos, creyéndolos perjudiciales para su gobierno no sólo porque no se resignan a ser gobernados despóticamente, sino también porque inspiran confianza para ellos mismo y para los demás y no hablan contra ellos mismos ni contra los demś); y en tercer lugar, la imposibilidad de acción (pues nadie se lanza a lo imposible, de tal forma que una tiranía no cae si falta la fuerza).

Así pues, los fines a que se ajustan las resoluciones de los tiranos vienen a ser esos tres, ya que todas las medidas tiránicas pueden ajustarse a estos puntos: las de que no confíen entre ellos, las de que no adquieran poder y las de que piensen poco.

¿Progreso?

 

 

Exámenes y tests

Para matematizar la sociedad, para darle la forma que permita procesarla mediante un ordenador digital, es necesario ante todo matematizar al principal de los componentes de la sociedad: las personas. Matematizar a las personas significa codificarlas y representarlas mediante secuencias de ceros y de unos.

Son muchos los aspectos en los que estamos codificados ya. Nuestras fichas médicas son en esencia listas de números: presión arterial y número de pulsaciones, tomados en distintas ocasiones; recuentos sanguíneos (fijémonos en el giro aritmético de la frase); así una y otra vez. Nuestros expedientes académicos consisten muchas veces en listas de números, a las que se alude con el término especial de calificaciones. Y enseguida tenemos nuestra ficha fiscal. ¡Qué orgía de cifras!

Pero todos los números mencionados no bastan para el propósito de matematizar la sociedad . Nuestra función social primordial, después de todo, no es la de alumno o paciente. Es, como empleados u obreros, la de participar en la economía. Por consiguiente, el lugar y ocupación que desempeñamos en el sistema económico ha de ser matematizado o digitalizado.

¿Cómo hacerlo? ¡Por medio de tests! La gran factoría nacional de tests de los Estados Unidos, el Educational Testing Service, de Princeton, Nueva Jersey, vende tests a la CIA, al Departamento  de Defensa, al Consejo de Seguridad Nacional, a los gobiernos de Trinidad y Tobago, al Instituto de Energía Nuclear, al Comité de Homologación de Lentillas de Contacto, al Consejo Internacional de Centros de Ventas, a la Sociedad Americana de Ingenieros de Calefacción, Refrigeración y Acondicionamiento del Aire, a la Comisión de Graduados de Escuelas de Enfermería del Extranjero, al Ministerio de Educación malayo, a la Comisión Nacional de Pediatras y al Instituto para el Progreso de la Filosofía para Niños. En ciertas partes de los Estados Unidos no se puede ser jugador profesional de golf, agente de la propiedad inmobiliaria, mecánico titulado de automóviles, oficial de la marina mercante, bombero, agente de viajes, o asesor titulado de impresos comerciales sin antes aprobar un examen del ETS; en Pennsylvania, a la lista anterior hay que añadir barbero o esteticista. (Listas procedentes de 1983: The Last Days of ETS de David Owen, Harper’s, mayo de 1983.) Y no hemos mencionado todavía el gran vórtice y centro de exámenes y tests, el sistema escolar, desde el jardín de infancia a la tesis doctoral. En Estados Unidos, los exámenes que nos hacen en K-12 son parte muy importante de nuestra ficha laboral, la materia prima para la informatización que determinará qué clase de trabajo vamos a tener y cuándo nos van a pagar por él.

En junio de 1985 se produjo en Yakarta un trágico e inesperado fallecimiento. El ministro indonesio de Educación y Cultura, Prof. Dr. Nugroko Notosusanto, sufrió una hemorragia cerebral a la temprana edad de 54 años. Fue enterrado en el cementerio de los Héroes, en Kalibata, con todos los honores militares. Según la prensa publicada en inglés en Yakarta, el Dr. Notosusanto introdujo una gran reforma en la educación indonesia: estableció en todo el territorio indonesio un examen de reválida a la conclusión de los estudios secundarios. Desdichadamente, casi todos los candidatos suspendían el examen. Para corregir esta calamidad se decretó que los resultados deberían ser normalizados, esto es, ajustados a una curva campana llamada curva normal. Al hacerlo así, resultó que aprobaba casi todo el mundo. Lo cual, al parecer, fue tenido por una segunda calamidad. Se han puesto en boca del Dr. Notosusanto las palabras, <<Parece que haga lo que haga, todo el mundo se indigna conmigo>>. (Traducción aproximada del indonesio.)

Sea como fuere, según amigos y familiares, la salud del Dr. Notosusanto era buena. La doble calamidad de los exámenes fue la única causa de preocupaciones serias de su vida que menciona la prensa. El logro más notable del Dr. Notosusanto (de nuevo según dicha prensa) fue un acentuado énfasis en la religión (islámica) y en la historia (la historia de Indonesia, que había de servir para crear sentimiento nacional). Era tenido por persona sensible, concienzuda, y muy fiel a su deber. En vista de tal descripción, parece posible que verdaderamente le mataran los disgustos surgidos del problema de los exámenes.

Vale la pena dedicar un instante de reflexión a esta triste anécdota, que proyecta con nítido enfoque cuál es el verdadero objeto de exámenes y tests.

En particular, no se trata de la mera cuestión de examinar a los estudiantes (es decir, en el sentido literal de la palabra, de mirarlos con detalle) y decidir según una norma clara,  objetiva, cuáles tienen la preparación debida y cuáles no, y proceder a rotularlos en consecuencia. Si tal fuera el caso, sería inconcebible que un mismo conjunto de graduados de secundaria, al rendir un mismo examen, resultasen casi todos aprobados un día y casi todos suspenso al otro. Por el contrario, un examen, tal cual es utilizado en nuestros días en las sociedades modernas, como la estadounidense o la indonesia, es un dispositivo de partición, un método para clasificar una población en dos subpoblaciones. A la primera subpoblación se le permitirá ingresar en un status deseado. La segunda será excluida.

Los exámenes y tests constituyen también un procedimiento para dar a la gente (al <<personal>>) forma informatizable. Tal y tal calificación o puntuación supone tal y tal rango en la jerarquía burocrática. La decisión puede ser automática (susceptible de ser realizada por una máquina) y objetiva (no aparece abiertamente ningún humano a cuyos prejuicios imputar directamente la decisión). Al ser automática y objetiva, los agraciados o las víctimas de la misma pueden considerarla poco menos que emanada de Dios, esto es, inevitable, eterna e incuestionable. La verdad, es desde luego, la contraria: es temporal, cuestionable y evitable.

Los tests plantean dos cuestiones cruciales, a saber: ¿Son exactos?, y ¿son perniciosos? Dicho de otro modo, ¿cumple el examen el propósito que pretende?, y ¿causan daños en otros aspectos? En lo primero, la respuesta es que cuando se realizan correctamente los tests sí cumplen con exactitud una cierta tarea. Sin embargo, esta tarea, aunque relacionada con la inicialmente contemplada, no es idéntica a ella. Fijémonos por ejemplo en los tests de coeficiente intelectual. ¿Mide verdaderamente la inteligencia un test de CI? Sí mide algo, pues posee con razonable tolerancia el atributo estadístico llamado fiabilidad. La fiabilidad nos dice que una medida estadística (es decir, una puntuación del CI) tiene significado. Ahora bien, la cuestión es, ¿qué significado? ¿Estamos midiendo la inteligencia o alguna otra cosa?

El cociente intelectual es exacto. Es un número. La inteligencia, por otra parte, es una cualidad amorfa, definida verbalmente. ¿Cómo podrían una y otra cosa ser la misma? El cociente intelectual se propone ser en algún sentido una aproximación o equivalente de la inteligencia. ¿Cómo podríamos justificar o demostrar esta pretensión del CI? Para ellos sería necesario analizar la  inteligencia y descomponerla en sus diferentes manifestaciones: capacidad de resolución de problemas, para triunfar en situaciones difíciles, para comportarse de la forma más adecuada. Ahora, ¿qué clase de problemas o de situaciones? Bastará una ojeada  un cuestionario de CI para comprobar que los únicos problemas o situaciones para los que las preguntas del tests son pertinentes son los de naturaleza escolar o académica. El CI es en realidad un instrumento de predicción del éxito escolar. (¡E incluso en eso dista de ser infalible!) Tiene poca influencia en el éxito ocupacional o profesional, en el éxito en los negocios, el amor o en los demás campos de prueba de la vida. La palabra inteligencia sufre un dramático cambio de significado al para de la I de CI al lenguaje ordinario.

Aunque el CI sea un predictor razonablemente bueno del éxito escolar, no es lo mismo que éxito en la escuela. Hay personas de CI relativamente bajo que obtienen buenos resultados escolares, mientras que otras de cocientes altos los obtiene malos. ¿Qué es, entonces, verdaderamente el CI? La única respuesta honesta es que es lo que es. Dicho más prolijamente, el CI es una medida de la propia capacidad para responder a los cuestionario de CI. Si alguien decide utilizarlo con sentido diferente a éste, lo hace bajo su responsabilidad (o a riesgo de sus víctimas).

El mismo argumento es aplicable a cualquier otro test <<objetivo>> de cierta <<aptitud>> o <<capacidad>>. el test no mide exactamente la aptitud o capacidad que nos interesa, sino más bien un cierto artefacto traído a la existencia por la invención del test. Consecuentemente, la capacidad para desenvolverse bien en los tests se ha convertido en una nueva y crucial aptitud  para salir adelante en el mundo. No es ninguna broma. La preparación y el entrenamiento para superar los diversos exámenes (por ejemplo, en Estados Unidos, los de aptitud para el ingreso en las facultad de medicina y derecho) se ha convertido por sí misma en una importante industria. A causa de los exámenes nacionales (Board) que todos los estudiantes de medicina han de superar tras el segundo año, son muchas las facultades que facilitan a sus alumnos una importante preparación sistemática sobre la estrategia a seguir en los exámenes. ¿No se prestaría mejor servicio a los futuros pacientes de esos estudiantes si se eliminase el examen y el tiempo correspondiente fuera dedicado a la farmacología o a la anatomía?

Lo que nos conduce al segundo punto. Dejada de lado la exactitud o imprecisión de la medida que se propone realizar, ¿serán los tests objetivos causa positiva de algún daño? Es en esta cuestión donde más enfurecida ruge la controversia. Se afirma, por ejemplo, que los tests de CI y otros tests <<objetivos>> sufren de sesgos culturales. Y no cabe duda de que los resultados de los tests están siendo utilizados para justificar pretendidas inferioridades de la parte no blanca de nuestra población.

Es obvio que podrían confeccionarse tests que demostrasen sistemáticamente la superioridad de los negros. Tal como están las cosas, nadie está seriamente interesado en preparar y administrar tests de CI pronegros; en cambio, continúan siendo utilizados los tests actuales, que dan a los negros, en promedio, puntuaciones ligeramente inferiores. Una de las explicaciones de tales resultados sería que muchas personas negras sufren carencias educativas y culturales, y el test no hace sino reflejar tales carencias. El test nada tiene de malo; lo malo es la realidad que refleja. Aunque esta defensa parece plausible, es falaz, pues trata al CI como medida objetiva y dada por Dios. Sabemos, por el contrario, que el CI es obra humana y arbitraria.

Un defecto más serio de esta defensa del CI es que lo trata como una institución meramente pasiva, algo que se limita a reflejar lo que hay. Por el contrario, el CI también afecta a lo que hay. El CI y demás tests culturalmente sesgados son parte del aparato que limita y dificulta los esfuerzos de muchos negros y de otras personas no blancas por elevarse en nuestro orden socioeconómico. Como es natural, estos tests son atacados por las organizaciones politicas de los negros y de sus partidarios.

Por ejemplo, Arthur R. Jensen (Straight Talk About Mental Tests, The Free Press, Nueva York, 1981) ha ganado fama internacional al reiterar la afirmación de que la diferencia media de 15 puntos entre los cocientes intelectuales de negros y blancos es de origen genético. La tesis de Jensen es duramente atacada en The Mismeasure of Man, de Stephen J. Gould, W. W. Norton and Company, Nueva York, 1981. De espíritu similar al libro de Gould es The science and Politics of IQ, de Leon J. Kamin, Lawrence Erlbaum Assoc., Potomac, MD, 1974, donde se detallan las conexiones de los tests de CI con el racismo y el antisemitismo desde que por primera vez fueron traídos a los Estados Unidos.

Casi todos los lectores se inclinarán por uno u otro bando, según sus preferencias políticas y filosóficas. Son muchos los ciudadanos a quienes resulta perfectamente cómoda la creencia de que ciertas gentes son, sencillamente, superiores a otras. Esta forma de pensar suele ser calificada de conservadora. Por otra parte, es más probable que las personas con fe en el progreso social o en la igualdad racial (liberales, gentes de izquierdas, o lo que se quiera) se dejen convencer por los argumentos de Kamin y Gould tendentes a mostrar que los exámenes de CI (y otros test <<objetivos>> similares) no son meramente medidas objetivas de la realidad sino también instrumentos de control social para mantener el status quo.

Dado que estos comentarios están inevitablemente cargados del lado liberal, tratemos de restablecer el equilibrio consultando una reseña aparecida en Policy Review (una conocida revista conservadora), salida de la pluma de Michael Levin, famoso profesor de filosofía también tenido por conservador. Levin hace una recensión de los libros de Jensen y de Gould, alabando a Jensen y condenando a Gould, como sería de esperar en vista de su orientación política. Casi todo el comentario está dedicado a los argumentos específicos de uno y otro libros, pero al final sale abiertamente a la luz cuál es el ánimo político del crítico: <<Asomando por entre líneas [de Gould] están nuestros amigos Marx y Lenin y […] la nueva izquierda>>. El elemento matemático queda así politizado.

Dejadas aparte las cuestiones raciales y políticas, los tests objetivos tiene por efecto la devaluación de aquellas cualidades que no es posible verificar de esta forma. Por ejemplo, en las clases de lengua inglesa están popularizándose mucho los exámenes mediante tests de respuesta electiva, mientras van haciéndose menos corrientes los tradicionales, en forma de redacción o ensayo. Consiguientemente, la importancia de aprender a escribir ha quedado muy disminuida tanto para los profesores como para los alumnos.

Al tiempo que matematizamos el mundo procedemos a perder o a echar por la borda aquellas partes de mundo que no pueden ser matematizadas. Lo que no se encuentra matematizado parece no exitir, e incluso, no haber existido nunca.

No deberíamos olvidar jamás que un paseo por el bosque o una conversación profunda con una migo, nuevo o viejo, son cosas que trascienden de las matemáticas. Y después, cuando volvamos a nuestras ocupaciones, como administradores, maestros o lo que sea, recordemos todavía que los números no son más que la sombra, que la vida es la realidad.

 

EL SUEÑO DE DESCARTES

Philip J. Davis , Reuben Hersh 

 

¿Estaremos asfixiándonos en cifras?

El servicio de correos ha añadido recientemente cuatro dígitos a sus códigos de identificación postal. Nos prometen con ellos mejor servicio, aunque no pueden garantizarlo. Para telefonear a Inglaterra desde EUA he de marcar quince números (aunque, por otra parte, está la emoción de cruzar el océano en persona). Las entidades que se disponen a instalar los nuevos e intrincados sistemas de teléfonos, envían a sus secretarias a cursillos de formación para enseñarles a llamar al despacho de la otra punta de la sala. Se me estimula e induce a proveerme de una tarjeta mágica e ir obedeciendo un sencillo programa, gracias a lo cual puedo disponer instantáneamente de dinero, 24 horas al día. No me cabe duda de que dentro de pocos años, breves años, tendré que hacer algo de introducción a la programación para poder utilizar las aparatos de uso público. La sencilla inserción de una moneda por una ranura será añadida a la lista de Santas Simplicidades del Pasado. ¿Nos estamos ahogando en dígitos? ¿Tenemos el fin a la vista?

Pues sí, nos estamos ahogando. Y no se alcanza a ver el fin.

El hecho subyacente a todas esas cifras es que nuestra civilización ha sido informatizada. Nos hallamos en las garras de los procesadores de símbolos y los trituranúmeros. El concepto que se tiene de esta esclavitud es muchas veces erróneo. No se trata de la servidumbre a un ordenador individual; se trata, por el contrario, de la informatización total de las fuentes de información y comunicación. cada vez que un dentista empasta un diente, en algún sitio un ordenador se entera y procede a enviar una factura. ¿Desconectar la red informática? Ni hablar. Es muy posible que nuestro yerno tenga un buen empleo como programador del sistema de facturación. El propio dentista posee acciones en IBM.

Números y procesado de símbolos: no hay duda, son matemáticas. <<¡Estudia matemáticas! ¡Te abrirá puertas!>> Las matemáticas han hecho causa común con la mecánica y el dinero. No faltan quienes juzguen que esta combinación ha sido la monstruosidad de nuestros tiempos. Otros, por el contrario, ven en ella la senda de la salvación. Las gente de la Nueva Jerusalén hablan FORTRAN o BASIC. Un juego de ordenador puede ser la nueva teofanía. <<Calculo, luego existo>>, tal es la nueva afirmación de la existencia.

A la vista están los beneficios traídos por los ordenadores: viajes a la Luna, marcapasos cardíacos, problemas matemáticos intratables resueltos en un santiamén. Mas no vemos aún el precio a pagar por un estado de superdigitalización.

Se está produciendo hoy una matematización de nuestras vidas intelectuales y materiales. Las matemáticas no se aplican únicamente a las ciencias físicas, en las cuales han ido desgranando éxito tras éxito a lo largo de los siglos, sino también a la economía, la sociología, la política, el lenguaje, la jurisprudencia y la medicina. Tales aplicaciones se fundan en la discutible hipótesis de que los problemas de esos campos son resolubles por la cuantificación y cálculo. A duras penas podemos hallar límite a los tipos de cosas a las que asignar números o a las clases de operaciones de las que se afirma que nos permiten interpretar esos números. Somos arrastrados por una riada de cuestionarios, de estadísticas. Ordenadores y calculadoras, manipuladas por individuos acríticos, nos escupen de continuo desviaciones tipo y coeficientes de correlación, utilizados como martillos para pulverizarnos y doblegarnos a las conclusiones del investigador. (¿Se tiene a sí mismo por socialmente desfavorecido? Sí: 17%. No: 48%. Ignora el significado de socialmente desfavorecido: 12%. No sabe/no contesta: 23%.) Nuestros dirigentes, los creadores de opinión, nos dicen que la sociedad debería cambiar de modo que se optimice ta y tal norma, y basan en ellos sus acciones políticas, sin que nadie sepa decir por qué el criterio en sí es adecuado.

Una informatización excesiva conducirá a una vida de acciones formales, hueras de significado, pues el ordenador vive merced a lenguajes exactos, a recetas exactas, vive a base de programas abstractos y generales en los cuales el significado e importancia subyacentes a lo que se hace es cosa secundaria. Alienta y estimula un formalismo que seca el espíritu.

Suele decirse del ordenador que es un esclavo obediente y neutral. El peligro no estriba en que el ordenador sea un robo, sino en que los humanos se roboticen al irse adaptando a sus abstracciones y rigideces.

El problema de los años venideros consistirá en establecer significado en un mar de símbolos neutros.

 

El Sueño de descartes

Philip J. Davis , Reuben Hersh 

 

 

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A world of modern engineers

 

Young people at universities study to achieve knowledge and not to learn a trade. We must all learn how to support ourselves, but we must also learn how to live. We need a lot of engineers in the modern world, but we do not want a world of modern engineers.

(Winston Churchill, A Churchill Reader, ed. Colin R. Coote)

College is the time in which a young mind is supposed to mature and acquire wisdom, and one can only do this by experiencing as much diverse intellectual stimuli as possible. A business student may be a whiz at accounting, but has he or she ever experienced the beauty of a Shakespearean sonnet or the boundless events composing Hebrew history? Most likely not. While many of these neoconservatives will probably go on to be financially successful, they are robbing themselves of the true purpose of collegiate academics, a sacrifice that outweighs the future salary checks.

(Robert S. Griffith, “Conservative College Press”)

 

 

A fuerza de constumbre

La virtud se manifiesta bajo un doble aspecto: uno intelectual, otro moral; la virtud intelectual proviene en su mayor parte de la instrucción o la educación recibida, de la que ella necesita para darse a conocer y desarrollarse; igualmente exige ella práctica y tiempo, mientras que la virtud moral es hija de los buenos hábitos; de aquí que, gracias a un leve cambio, de la palabra costumbre (ethos) procede la moral (ethica).

El haber comprobado esto nos demuestra claramente que ninguna de las virtudes morales nace naturalmente en nosotros; en efecto, nada puede modificar el hábito que da la naturaleza; por ejemplo, la piedra, que entraña el hábito del peso, no puede contraer el hábito contrario, aun cuando se la eche al aire un número incalculable de veces; el fuego sube y no podría descender; y lo mismo hay que decir de todos los cuerpos que no pueden modificar sus hábitos originales.

No es, pues, ni por efecto de la naturaleza, ni de manera contraria a ella, como nacen en nosotros las virtudes; estamos naturalmente predispuestos a adquirirlas, con la condición de que las perfeccionemos por el hábito. Además, todo lo que nos da la naturaleza no son más que posibilidades y potencias, que luego nosotros debemos hacer pasar a acto. Esto es evidente por lo que pasa en los sentidos; en efecto, no es gracias a repetidas sensaciones de la vista y el oído como hemos adquirido estos dos sentidos; por el contrario, los poseíamos ya y nosotros los hemos empleado luego; no es el uso lo que nos los ha dado. En cuanto a las virtudes, las adquirimos desde el comienzo por medio del ejercicio, como ocurre igualmente en las diferentes artes y en los diversos oficios. Lo que hemos de realizar luego de un estudio previo, lo aprendemos por la práctica; por ejemplo, construyendo se hace uno arquitecto, y tocando la cítara se viene a ser citarista. Igualmente, a fuerza de practicar la justicia, la templanza y la valentía, llegamos a ser justos, sobrios y fuertes. La prueba de ello está en lo que pasa en las ciudades: los legisladores forman a los ciudadanos en la virtud, habituándoles a ello. Y esta es en verdad la intención de todo legislador. Todos los que no se imponen esta meta falta a su fin, entendiendo que solo por esto se distingue una ciudad de otra y una buena ciudad buena de una ciudad mala.

Por lo demás, esas mismas causas explican incluso el nacimiento y la alteración de toda virtud, igual que de toda técnica. Es con la práctica de la cítara como se forman los buenos y los malos músicos. Lo mismo hay que decir de los arquitectos y los demás especialistas. A fuerza de construir bien o mal, se llega a ser un buen o mal arquitecto. Si no fuera así, nadie en el mundo necesitaría recibir lecciones de un maestro y uno podría ser por nacimiento buen o mal especialista. Los mismo hay que decir de las virtudes. Es gracias a nuestra manera de observar los contratos con nuestros semejantes como llegamos a ser los unos justos y los otros injustos. A fuerza de dar la cara a situaciones peligrosas y de habituarnos al temor y a la audacia, llegamos a ser valientes y fuertes o pusilánimes. Análogamente ocurre en el deseo y en la cólera; unos llegan a la templanza y a la dulzura, y otros a la intemperancia y a la irascibilidad, porque la manera de comportarse de los unos y los otros es distinta. En una palabra: las actividades análogas crean disposiciones semejantes y correspondientes a ellas.

Así, pues, es necesario que ejercitemos nuestras actividades de una manera determinada, pues las diferencias de conducta dan lugar a hábitos distintos. La manera en que uno ha sido educado desde la niñez tiene, en estas condiciones, no poca importancia. Más aún, esta importancia es suma, es realmente esencial.

Aristóteles – Ética nicomaquea.

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